

La Copa del Mundo ya se vive y vaya manera de empezar. En una noche cargada de emoción, nervios y esa magia única que solo el Mundial de Fútbol puede regalar, Canadá igualó 1-1 ante Bosnia – Herzegovina en un partidazo que se jugó con el corazón en la mano de principio a fin.
Como anfitrión, Canadá saltó al campo con la ilusión de todo un país sobre sus hombros. Y aunque intentó imponer su estilo con un juego asociativo, dinámico y valiente, enfrente tuvo a una Bosnia inteligente, paciente y letal en los momentos justos.

El primer golpe llegó temprano y silenció por un instante la fiesta. Al minuto 21, tras un tiro de esquina perfectamente ejecutado por Ivan Basic, apareció Joko Lukic, quien se elevó en el área como si el tiempo se detuviera y, con un cabezazo certero, puso el 0-1 que sorprendía a todos.
Canadá sintió el golpe, sí, pero no dejó de creer. Empujado por su gente, comenzó a crecer en el partido, a mover el balón con más intención, a atacar con más decisión. Cada avance era un suspiro, cada llegada una ilusión que iba creciendo en las tribunas.
El tiempo corría, la tensión aumentaba hasta que llegó el momento que encendió todo.
Minuto 77. Una jugada nacida desde el banco cambió la historia. Promise David asistió con precisión y apareció Cyle Larin, quien con una definición espectacular desató la locura total. El estadio explotó, la gente saltó, gritó, creyó. Era el empate. Era el premio a la insistencia.
El tramo final fue puro nervio, pura emoción, puro Mundial. Ambos equipos lo buscaron, ambos lo soñaron, pero el marcador ya no se movió.
El 1-1 final no solo marca un debut intenso para el anfitrión, sino que deja el primer empate de esta Copa del Mundo, en un partido que ya se siente como uno de esos que quedan en la memoria.
Canadá rescata un punto que vale más que eso, es carácter, es reacción, es ilusión. Y en un Mundial eso puede significar todo.
Por Ariel Cadena