
AMBATO, Ecuador — La mística de la altitud no bastó para torcer el destino. Bajo la tarde y noche, fría del Bellavista, el Ídolo ambateño salió dispuesto a devorarse la historia, empujado por un pueblo que vio a los suyos en los octavos de final de la Copa Sudamericana.
Enfrente no estaba cualquier rival: el mítico Santos de Brasil pisaba suelo tungurahuense con la renta de aquel 2-1 logrado en la Vila Belmiro.

Desde el primer silbatazo, el libreto quedó al desnudo. Macará, vestido de orgullo, adelantó sus líneas y fue a acorralar al gigante. Agustín Campana se adueñó de la banda y Matías Miranda intentó tejer el fútbol para abastecer a Franco Posse. Llovieron los centros, la pelota quemaba en el área brasileña y el grito de gol se ahogó más de una vez en las manos milagrosas de Gabriel Brazão, el guardameta del Peixe que se convirtió en una auténtica muralla.
Santos, oficio puro, entendió las obligaciones del aire andino. Resistió con las líneas apretadas, dosificó cada zancada y encomendó su suerte al contragolpe. Un cabezazo de Willian Arão a los 60 minutos congeló las gradas al rozar el travesaño local, recordando que el histórico cuadro brasileño también guardaba veneno en los pies.
Pasaban los minutos y el reloj jugaba en contra. Los celestes empujaron hasta el aliento final, con la valentía de quien no tiene nada que reprocharse, pero la pelota se negó a cruzar la red. El 0-0 definitivo decretó la despedida.
Macará cayó de pie ante su gente, sellando una participación histórica, mientras Santos apelo al oficio para firmar su boleto a cuartos de final.