

Ernesto Salazar
El arbitraje es la profesión más necesaria en el fútbol, pero también es la más odiada y menospreciada por los fanáticos de este deporte. Pocos pueden afirmar desde pequeños que quisieron ser árbitros cuando crezcan. El gran Pierluigi Collina comenzó como defensa, amante del fútbol y su magia, pero odiador de sus tretas y artimañas, se dedicó el resto de su carrera a la implementación correcta del reglamento. Cuántos como él dedicaron y dedican sus carreras, sus vidas a esta profesión.
En Quito, una familia se levanta como la insignia del amor más profundo que puede existir en el fútbol, el amor hacia el juego limpio. El clan Yacelga conformado por Marco y sus hijos Andrés, Ivette y Carolina conforman una dinastía con dos generaciones que no dudaron en seguir el camino del referí para vivir este deporte de otra forma.
Marco Yacelga, árbitro por 36 años y presidente del colegio microempresarial de árbitros barriales, dice que “para llegar a triunfar en esta difícil e incomprendida profesión hay que tener pasión y eso lo demuestro con mis tres hijos”.
“Fue por la pasión, la pasión que tengo desde pequeña por acompañar a mi papá a las canchas todos los fines de semana”. Así indica Ivette Yacelga que decidió ingresar al arbitraje barrial. Incluso su hermana, Carolina comenta que tanto sus padres como sus hermanos la inspiraron a seguir este camino.
Decidir ser árbitro no es fácil. Saberte el ser más odiado por lado y lado de cada equipo, de cada afición, requiere gran fortaleza mental. Eso lo comprende muy bien todo el clan Yacelga y el patriarca tiene muy claro cómo afrontar ese odio desmedido.
“El conocimiento” dice Marco Yacelga, para él la forma correcta de afrontar el ambiente provocador del graderío y la cancha es abalarse en las reglas universales del fútbol. Además, afirma que “lastimosamente en el arbitraje barrial existe mucho desconocimiento, muchos lo hacen solo por el dinero”.
Andrés Yacelga coparte la misma visión de su padre. Previo a cada partido él siempre busca “prepararse reglamentariamente. Siempre aplicar las reglas y ser muy reglamentario”. Incluso, como conoce que las reglas siempre pueden cambiar, Andrés considera que un buen árbitro siempre debe estarse innovando, aprendiendo, revisando y leyendo actualizaciones que surjan en la International World.
Ivette Yacelga considera que el fútbol barrial ha cambiado. “Siento que el futbol después de la pandemia se ha vuelto más brusco. La gente viene a las canchas a desatarse, a desahogarse por el estrés de la semana antes que a divertirse y tratar de hacer más atractivo el juego”. Esta forma de actuar complica las cosas para los árbitros. Los gritos, insinuaciones y desaires se vuelven pan de cada día para los referís que están ahí para cumplir su trabajo.
Así, el público y jugadores despersonalizan a los jueces del campo. Los vuelven villanos de una historia mal contada donde cada individuo se deja llevar por su perspectiva, por su sentir. Se olvidan que son seres humanos que pueden cometer fallos, que tienen deseos y anhelos. Como Ivette que espera que en un futuro el arbitraje barrial fomente la participación de la mujer y se incluyan más referís femeninos en cualquier partido, sin importar si juegan hombres o mujeres. O Andrés que su mayor sueño es llegar a compartir la dirección de un partido con su hijo.
Los árbitros no son los villanos. Son hombres y mujeres que cargan con el peso de tomar decisiones y tratar de que el partido sea lo más justo posible. Son personas dispuestas a afrontar el camino más incomprendido de este deporte y vivirlo con pasión y fulgor a su manera. Y este sendero es el que escogió la familia Yacelga.